- Buenos días maestra, ¿cómo se encuentra usted? - Bien Doña Fulanita, ¿en qué le puedo servir? Respondió mi madre con esa pasividad digna de Elsa de Frozen. - Vengo a pedirle de favor, si me presta el cojín de sellos que me prestó la otra vez. - En sí es de mi hija, porque yo ya estoy jubilada pero déjeme ver si lo tiene. - Si, nada más lo utilizamos aquí tantito y se lo devolvemos. Es que ya ve que el dinero ya no alcanza y pues uno se las tiene que arreglar. Porque ya ve que la gente es bien corrupta. En sí todos los maestros son unos corruptos, porque fíjese que la maestra Perenganita metió a todos sus hijos al magisterio y ¿ a poco Sutanito estudió?. - Pues sí, pero no puede generalizar. Yo soy maestra, y mi hija es maestra y nadie nos compró una plaza. Mi hija hizo examen de oposición y sacó el primer lugar y así entró a trabajar. - Pero su hija si estudió, y la maestra Perenganita ya metió a todos sus hijos y ninguno de ellos terminó...
¿Y a ti a qué te sabe la vida?